lunes, 2 de enero de 2012

Días y noches: Bloody end. (Lee antes D y N 2)

Después de cenar J, el conserje, nos anuncia que deberemos permanecer en la casa un día y una noche más.
El resultado de la tercera noche fue apocalíptico. Se había decorado toda la habitación con partes de A. Su anatomía estaba dispersa por todo el cuarto. No se podía entrar sin tener cuidado de no resbalar en los aproximadamente cinco litros de sangre que se habían coagulado por todo el suelo. El mismísimo demonio se hallaba entre nosotros.

T se fue rápido a buscar a J, M corrió a refugiarse en su habitación, C, la doncella se me acercó. me dijo que estaba muy nerviosa, que tenía miedo del señor T y la señora M y que en estos momentos era yo la única persona en quien confiaba. Rompió a llorar en mi pecho. Me dijo que ayer por la tarde había visto al señor y la señora discutiendo acaloradamente. Sobretodo el señor, nunca lo había visto así, dando golpes con el bastón por aquí y por allá como poseido. Me contó, que hubo una cosa que le llamó poderosamente la atención: vio como la señora M se arrodillaba y le suplicaba que no lo hiciera, que pensara en ella. El señor T contestó que no lo iba a consentir y menos en su casa, que yo era un indigno, pecador y que ahora me tocaba a mí. Que yo continuaría haciéndole lo mismo a la señora M si alguien no me paraba los pies y que ese iba a ser él. Me dijo que estaba preocupada por mí, que quería mucho a la señorita A y que sabía que estaba enamorada de mí, que quería prevenirme del señor. Le di las gracias y le dije que no se preocupara, que era una mujer encantadora y que realizaba excelentemente su trabajo, que mañana todo estaría solucionado y que al fin marcharíamos a Moscú. La señora y usted? me preguntó. No, le dije, usted y yo. Hizo una mueca de extrañeza, sonrio y se retitó.

Esa noche, la última, volví a colocarme mi disfraz de TUCÁN, cojí mi frasco de cloroformo, el pañuelo negro y mi viejo maletín de cirujano que había obtenido en una subasta años atrás. Era hora de que el viejo sarnoso y la urraca de mi mujer sintieran pavor...

A las 2:00 de la mañana apliqué el cloroformo a mi mujer. La diseccioné sin ningún remordimiento, seccioné sus pechos y con hilo de seda los cosí a mi atuendo. Seccioné también la vulva y me la cosí a la entrepierna, después le arranque la cabellera y me la puse como una peluca. Con esta indumentaria me fui a la habitación de T. El viejo zorro me estaba esperando, debía andar medio despierto y el crujir de la madera bajo mis pasos le alertó. Lo cierto es que cuando entré en la habitación el gordo y peludo ex-consejero de estado T cayó sobre mí como un oso. Por suerte llevaba todavía el bisturí ensangrentado en mi mano derecha y conseguí quitármelo de encima clavándoselo en el vientre. Enseguida empezó a teñírsele el pijama de rojo. Sucio y mentiroso farsante, nunca me gustaste, me dijo. Lo sé, contesté. Contemplaba su cara de dolor, asco y desprecio. Se puso las dos manos sobre la herida que no dejaba de sangrar, estaba de rodillas. Le acerqué su bastón para que pudiera levantarse y mientras lo hacía aproveché para sacar el costótomo del maletín. Le pedí amablemente que no gritara pero al no obedecer tuve que atontarlo un poco aplicándole el pañuelo negro en las fauces. Así me fue más facil recrearme con él.

Le corté una oreja, tuve que amordazarle porque a pesar de estar aturdido se puso a gritar y no quería q C se despertara. Después corté la otra, clavé el bisturí en sus ojos seccionando ambos nervios ópticos y los músculos motores oculares y así los extraje. Jugué con ellos un poco, los lancé por la habitación, uno cayó rebotado a mi derecha y lo pisé, salió despedido. El viejo se arrastraba boca abajo, buscaba sus ojos... No sé como coño encontró uno, intentó ponérselo en un acto instintivo. Me senté encima de él, a horcajadas, apreté su cara contra el suelo y busqué el espacio entre la segunda y la tercera vértebras cervicales y le asesté una puñalada trapera, por la espalda, seccioné su médula y así se calmó...para siempre.

Impregando en sangre y así disfrazado como iba, bajé a la habitación de C que dormía. No obstante la anestesié también, la puse boca abajo, me quité la absurda vestimenta, la monté por detrás y la inseminé. La semilla del diablo??? No, mi semilla. Después la vestí. le puse las mejores ropas que encontré en su armario y la senté atándola a la silla de ruedas de T. Justo antes de que despertara le había inyectado un anestésico en el espacio epidural durmiendole las piernas. Cuando despertó le dije que no temiera, que T y M estaban muertos, que ella había recibido un fuerte golpe en la espalda y tenía momentáneamente las piernas paralizadas. Que había sorprendido a J, el coserje, y que se había dado a la fuga. le dije que teníamos que apresurarnos porque quizá volviera. Se echó a llorar...le acaricié el pelo, la frente, las mejillas, la besé en los labios, ella introdujo su lengua en mi boca, estaba dulce. Sentí que me deseaba.

Tenía los caballos preparados, así lo acordé con J anoche. Este dormía en su cabaña bajo los efectos del cloroformo y la morfina, pobre adicto... Era muy pronto, hacía mucho frío, pero la nieve al fin se había deshecho. Solos C y yo. La convertiría en mi mujer. Sentía que tenía muchas cosas que escribir a partir de ahora, además, pronto se publicaría mi último libro y con las ganancias viviríamos bien durante algún tiempo. Quiero tener hijos con ella. Ha llegado el momento de madurar. No más muertes a partir de ahora, sentaré la cabeza. FIN.

Henry Chinasky.

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